
Año 1980. Aeropuerto de Maiquetía, La Guaira, Venezuela.
Como cada tarde, cumplía mi labor como analista de siniestros de aviación, empleado de Seguros Horizonte C.A, en los talleres del aeropuerto de Maiquetia. Entre fuselajes y olor a queroseno, me encontré con Ferrara, un gran amigo y colega del gremio aeronáutico.
Mientras charlábamos, una llamada cambió el rumbo de ese día. Le aprobaban un crédito para adquirir un moderno avión Cessna, superior en todo aspecto a su fiel Rallye Zocata, un elegante monomotor francés de tren fijo.
En un arranque de euforia me dijo:
—Te vendo mi avión. Está impecable y le quedan muchos años de vida útil. Te enseño a volar y te lo doy a crédito.
Era mi sueño de toda la vida. Y se me presentaba de frente.
60.000 bolívares (13.000 dólares), con facilidades. 10.000 Bs. de inicial y el resto, a mi ritmo.
Acepté de inmediato. Le extendí un cheque como señal. Ferrara, confiado en nuestra amistad, ni quería recibirlo.
—No te preocupes, el avión es tuyo —me dijo sonriendo—. Vamos a dar una vuelta.
Volamos juntos esa tarde. La emoción era inmensa, pero… había algo más. Una extraña sensación de tristeza me invadió. Ese «feeling» conocido, que ya había sentido años atrás cuando la muerte golpeó a mi familia llevándose a mi madre, a un hermano, a un sobrino y hasta a mi mascota, en solo tres meses.
¿Por qué ahora, si estaba tan feliz?
Aterrizamos. Guardamos el avión en el hangar. Y antes de despedirse, Ferrara me pidió el avión prestado para un último vuelo a Margarita:
—En dos días tendré mi Cessna. Volaremos juntos para empezar tus clases.
Al llegar a casa, quise contarle a mi esposa sobre la compra, pero una voz interior me frenó:
—No se lo cuentes a nadie.
Al día siguiente, retomé mi trabajo. Ironías del destino, el primer reporte del día fue un siniestro: un avión de Aeropostal averiado en pista. Las operaciones fueron suspendidas.
Esa tarde, Ferrara despegó en mi avión, Cuando regresaba . Le informaron que debía desviarse al aeropuerto de Valencia. 30 minutos después, desapareció del radar.
Mi corazón se detuvo.
Supe esa misma tarde del accidente. Nunca más se supo qué pasó. El cheque que le di nunca fue cobrado. El seguro del avión, irónicamente, era con la misma compañía donde yo trabajaba. Pero como el traspaso nunca se formalizó, no hubo reclamación posible.
Una dura lección de vida: los acuerdos de palabra no reemplazan a los contratos.
Días después, sumido en una profunda meditación, tuve un encuentro espiritual con mi madre. Me consoló diciendo:
—Hijo, descansa. Él no está muerto. Solo regresó a casa.
Desde entonces, entendí que hay cosas que van más allá de los seguros, los papeles y la lógica. A veces, la vida te enseña a través de las pérdidas. Y otras veces, el universo te protege, aunque duela.
Reflexión Final: El Seguro No Falla, Pero la Vida Enseña a su Modo
No dejes tus sueños al azar. Pero tampoco ignores las señales de tu alma.
Y recuerda siempre: la amistad es un tesoro, pero la prevención es un seguro de vida.
La industria aseguradora tiene un principio sencillo pero contundente:
«El seguro siempre responde… si tú haces las cosas bien.»
Existen figuras como la cobertura provisional y la cláusula de inclusión automática para proteger desde el primer momento. Son prácticas habituales, conocidas y recomendadas. Pero, aun siendo experto en siniestros de aviación, ese día me tragué una cucharada de mi propia medicina.
Confié en la palabra, omití la formalidad, y la vida me cobró la factura.
No fue el seguro quien falló. Fui yo quien, cegado por la emoción y la amistad, olvidó la importancia de documentar, notificar y proteger.
Este episodio no solo me dejó sin avión. Me dejó una enseñanza que he llevado conmigo toda la vida:
«Los sueños vuelan alto, pero necesitan anclarse a la realidad con contratos, prevenciones y coberturas bien hechas.»
El riesgo es parte de la vida. Pero gestionarlo de forma consciente es lo que marca la diferencia entre una simple anécdota y una tragedia evitable.
Hoy, con la serenidad que dan los años, puedo decirlo sin amargura:
la vida me protegió…
aunque fuera a su manera.
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