La partida no es el final: guía espiritual para acompañar a un ser querido en su tránsito
Hay momentos en la vida en los que el velo entre este mundo y el otro se vuelve tan delgado, que casi se puede tocar con el alma. Cuando un ser querido se encuentra en sus últimos días, lo que más necesita no es nuestro llanto ni nuestra desesperación, sino nuestra serenidad, nuestro amor silencioso, y nuestra confianza en que lo que viene no es el fin… sino el comienzo de un regreso.
Quienes hemos estado del otro lado sabemos que la muerte no duele. No hay oscuridad, no hay castigo, no hay nada que temer. La partida puede ser dulce, como dormirse lentamente en los brazos de la paz. El cuerpo se apaga, sí, pero el alma —esa chispa eterna— despierta.
El instante de la muerte: presencia y confusión
Al principio, el alma suele sentirse un poco confundida. Aún siente los apegos, las voces, los rostros, las emociones de quienes lo rodean. Y sí… escucha todo.
De hecho, el último sentido que se apaga en el cuerpo es el oído. Por ello es vital cuidar cada palabra, cada tono, cada pensamiento. Nada de gritos, llantos desbordados ni lamentos que perturben. Todo eso lo enreda y le impide comprender que ya ha soltado el cuerpo.
En esos primeros momentos, es fundamental hablarle con amor. Díganle serenamente cosas como:
- “Estás en paz.”
- “Te amamos y perdonamos profundamente. Siempre te recordaremos con alegría.”
- “Estás libre, sereno, sin dolor.”
- “Deja que la luz te guíe, ya no tienes cuerpo, eres libre.”
- “Todo está bien, puedes seguir tu camino con tranquilidad.”
Estas frases lo calman, lo orientan, y le ayudan a elevarse.
El entorno debe ser sagrado y respetuoso
El espacio donde ocurre la transición debe convertirse en un templo de amor y silencio. No es momento de dramatismos. Es momento de acompañar con respeto. Si el alma ve a sus seres queridos alterados, no entenderá qué está pasando. Puede incluso intentar quedarse, aferrarse, por miedo a dejarlos sufrir.
Por eso, quien verdaderamente ama, debe tener el coraje de mantenerse en paz. No es represión emocional, es un acto de amor profundo. Agradecerle por su vida. Pedirle perdón si es necesario. Darle permiso para irse.
Sobre la cremación: una recomendación amorosa
La ciencia espiritual y también algunas experiencias clínicas coinciden: el alma puede permanecer cerca del cuerpo hasta 72 horas después del fallecimiento.
Cremar antes de ese tiempo puede causarle más confusión. Aunque el alma ya no sienta dolor físico, aún puede verse unida energéticamente al cuerpo. Y presenciar su propia incineración puede provocarle un gran desconcierto.
Si la familia opta por la cremación, lo más compasivo es esperar al menos 72 horas. Durante ese tiempo, es recomendable mantener oraciones suaves, música serena, y amorosas frases de despedida. Pónganle la musuca que a el le gustaba. No es sacrilegio, es un regalo a sus confundidos oídos.
La vida continúa: el alma regresa a su hogar
No teman. Nadie muere solo. Siempre vienen seres de luz, familiares ya fallecidos, o guías espirituales a recibir al alma y ayudarla a recordar quién es.
En ese otro plano, no hay tiempo como lo conocemos aquí. Todo es comprensión, expansión amorosa y reencuentro. Quienes partimos por unos momentos —como yo lo hice tres veces— sabemos que allí todo tiene sentido. El dolor desaparece. La culpa se disuelve. El amor se convierte en verdad viva.
La muerte no es un castigo. Es un despertar.
¿Cómo podemos ayudar desde este lado?
- Con oraciones sencillas, desde el corazón.
- Con silencio sagrado.
- Con música suave, que él haya amado en vida.
- Con velas encendidas, si se desea.
- Con pensamientos de gratitud por todo lo vivido junto a él.
- Con paz interior. Si nosotros estamos en paz, él también lo estará.
Un hasta luego, no un adiós
Nuestro cuñado está a punto de soltar el traje que usó en esta vida. Pero él no se va. Solo cambia de forma, de vibración. Su presencia será distinta, pero seguirá cerca por un tiempo.
No le retengan. No le griten. No le impidan volar. Ayúdenlo a irse en paz.
Que su tránsito sea una celebración del alma. Una ceremonia de luz.
Y quienes quedamos aquí recordemos siempre:
Nadie muere. Solo se transforma.
— Por alguien quien ha cruzado tres veces el umbral de la otra vida, y ha vuelto para contarlo.
Gerardito, este mensaje es para ti. Debes recordar que fui su más cercano amigo y quien más lo comprendió, ayudo y perdonó. Por ello te pido que le leas este artículo cuando haya partido. Que le dediqué en su momento final; El sabrá que se lo escribí yo con pesar, tristeza y compresión. Misma comprensión que le profesé en vida.
Su cuñado
Juan V. Colón
Desde Tenerife. España.
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